Planificación
familiar
Luis Ernesto Cano (1987)
Las cosas desde arriba se ven muy
distintas, todo aquello que para nosotros impone grandeza, para
él desde aquel altísimo lugar sólo supone un
grano más en el amplio horizonte de su mirada.
Esa tarde se sentía un poco molesto por culpa de la tos que
no lo dejaba en paz. El frío colado característico
de ese lugar y el inefable vicio del cigarro que había pescado
quién sabe dónde, se la provocaban y no encontraba
cómo sacudírsela. Sin embargo ahí estaba, en
su trabajo como todos los días, listo para resolver las contingencias
que, como todos sabemos, nunca faltan.
Sus ojos y sus oídos eran primordiales herramientas para
cumplir con sus obligaciones. Alguien alguna vez desató el
rumor de que él veía y escuchaba absolutamente todo,
pero la verdad es otra, su mérito radica simplemente en ver
lo que todos nos negamos a ver y en escuchar con atención
cuando le hablan. Fue justamente esta habilidad la que le hizo conocer
a Totihu, él era un niño inteligente, suspicaz y terriblemente
imaginativo que tenía por costumbre hablar con una lucidez
y una agudeza inusuales a su corta edad. Bueno, inusuales a cualquier
edad.
Aquella tarde en que Totihu descubrió que podía platicar
con él empezó como empezamos todos, con una de esas
oraciones aprendidas de memoria que nadie sabe si sirven en realidad.
Luego, poco a poco fue tomando confianza y empezó a contarle
esos secretos que únicamente a alguien como él se
le pueden rebelar.
Las manecillas incansables del reloj continuaban su maratón
infinito y a cada paso suyo, Totihu se sintió mucho más
suelto. Fue así como empezaron a surgir de su boca las preguntas.
Las primeras, por cierto, ya desgastadas y viejas de tanto hacerse.
Pero las siguientes tenían un dejo de luz y originalidad
que sorprendieron al viejo y provocaron en él la necesidad
de pensar muy bien las respuestas. Sin embargo, hasta ahí
todo parecía bajo control; el niño hablaba y era escuchado,
preguntaba y siempre obtenía una respuesta. El problema surgió
con la última pregunta: -”¿Y cuando te mueras,
qué va a pasar?”- Caramba, tanto tiempo ocupando ese
puesto le había hecho olvidar que todo en algún momento
se acaba. Sus ocupaciones eran tantas, que nunca se cuestionaba
sobre aspectos del futuro, ni del pasado, su naturaleza era sólo
ocuparse del eterno presente. Sin embargo, esa pregunta lo inquieto
esa noche le costó un trabajo inusual concentrarse en sus
últimas labores. El café le supo especialmente amargo
y no le quedó más remedio que navegar en el insomnio.
Nunca se había angustiado, a pesar de que razones tenía.
Le preocupaba, sí, la destrucción sistemática
del planeta, pero sabía que a la larga, y aún pagando
un precio muy alto, existía una salida. También le
inquietaban otros asuntos, como el ego, la violencia y sobre todo,
la dormida conciencia humana, pero confiaba en que, a su debido
tiempo, la naturaleza del hombre le haría saber que todas
las respuestas están dentro de él. Ahora no eran esos
asuntos cotidianos los que le molestaban, sino la perspectiva de
la muerte, su muerte. El horror de irse dejando sin protección
a sus hijos, que parecían no madurar nunca, para marcharse
a descansar a un sitio del que nadie le había hablado. Sí,
esa era la preocupación de Dios.
Durante siglos escuchó cómo se especulaba sobre su
inmortalidad, pero ahora una inocente pregunta formulada por un
niño le recordó el ciclo inquebrantable del principio
y el fin. La no reelección, como dirían los demócratas.
Por supuesto siempre supo que ese día habría de llegar,
pero nunca tantas ideas involucradas con el asunto le habían
dado vueltas en la cabeza.
Se preguntaba si este sería un buen momento para probar todos
esos placeres que nosotros parecemos gozar y que él nunca
había experimentado. ¡Caray! Si algunos de los dioses
anteriores (especialmente los griegos) echaban a volar algunas canas,
¿Por qué él no?. Posiblemente la respuesta
tenía mucho que ver con su forma de ser, nunca durante su
período como dios se sacudió la imagen de recto, de
conservador, esto incluso le atraía algunas bromas del resto
del Consejo Universal, quienes argumentaban que un dios no puede
regirse por prejuicios humanos. El se defendía arguyendo
que no tenía interés alguno en probar los placeres
terrenales, exceptuando el cigarro y el café que se conformaba
con aquellos destinados a los de su rango. Sin embargo, repentinamente,
desde su interior la conciencia sobre su muerte le despertó
una extraña curiosidad. Su mente no podía apartar
la larga lista de gozos elaborada por la hedonista imaginación
humana. Quizá valdría la pena disfrutar de una opípara
y pantagruélica cena acompañada de un refinado y antiguo
licor; o pasar un largo tiempo entregado al ocio y la pereza; o...
mejor aún: hundirse en los muslos de una joven y bellísima
amante. Al llegar a este punto recordó con muy buen humor
la anécdota de aquel hijo que los hombres le inventamos en
una de esas crisis de comunicación entre lo divino y lo terreno,
y no le quedó más que sonreír ante la absurda
posibilidad de procrear sin contacto físico. Ciertamente
los dioses gozan de muchos privilegios, pero este rumor era francamente
absurdo. Si él quisiera un hijo tendría que engendrarlo
a viva piel...
De pronto, ante esta imagen sus ojos grises se abrieron cazando
una idea que, desprevenida, voló por su mente: ¡Un
hijo! esa podía ser la doble solución a su presente
inquietud: La sucesión después de su muerte y el derecho
al más grande placer del que podía gozar incluso un
dios. Era el momento de matar dos pájaros de un sólo
tiro, los hombres seguirían teniendo en quién creer
(en su hijo, por supuesto) y él por fin conocería
el eclipse de dos cuerpos.
La mañana siguiente lo sorprendió caminando por las
calles de París, vistiendo un elegante traje de corte inglés
y cubierto a medias por una fina gabardina española. Como
siempre que bajaba, su paso despertó el interés femenino
y en no pocos casos también el masculino. Su belleza era,
por decirlo de algún modo... mitológica. No tuvo que
buscar mucho tiempo. La encontró sentada sobre un borde de
la barda que custodia el Sena, devorando un pan y arrojando las
migajas a unos peces que nunca se asomaron. Ella era muy hermosa,
de estatura media y con la piel fresca como eucalipto. Su cabello
corto a los hombros reventaba con el sol y le dejaba libre la cara
que sonreía a las mariposas.
El inicio fue sencillo: El se acercó y le habló, ella
escuchó y quedó hechizada. Ahora todo estaba listo
para la creación de un nuevo Dios. Para desencanto de los
clásicos, ella no era virgen. Todo lo contrario: su sabiduría
al respecto no cabría en la Enciclopedia Británica
lo cual, para un principiante como él, era un magnífico
bautizo.
Los noticieros de esa tarde se ocuparon de algunos fenómenos
por demás extraños: Parecía que los grillos
habían enloquecido pues su canto se escuchó, como
una extraña sinfonía, en todo el planeta; un cometa
surgido de quién sabe dónde surcó los cielos
europeos y la luna, pálida de siempre, lució un púrpura
impecable.
Mientras la humanidad especulaba con los significados premonitorios
de estos sucesos, detrás de la ventana de un modesto hotel,
dos cuerpos rebasaban los límites de la irrealidad. Ella,
con la geografía cambiada de tantos besos y mordidas, el
olor de seis batallas y las sábanas vencidas, esperaba la
última erupción. El, fatigado de aprender gozando,
con la lengua dormida y las manos crispadas de senos hacía
un último esfuerzo por equilibrar sus más de cinco
mil años, con los veintidós eneros de la golondrina
que tenía debajo.
Como todo, el instante llegó, ella extasiada se prendió
a su espalda y él, con el corazón reventado..... falleció
en sus brazos.
Fue así como nuestra civilización se quedó
sin dioses: Cuando el único que nos quedaba bajó,
precavido, para procrear a su hijo, que intentó tener con
una mujer, también precavida, que usaba pastillas anticonceptivas.
|