La Cautela
Para mantener la disciplina debemos mantenernos constantemente en guardia contra las emociones negativas, siempre dispuestas a invadir la mente. En efecto, cuando tratamos de estar atentos, surgen toda clase de emociones negativas o pensamientos que interrumpen nuestra concentración y nos perturban.
Debemos hacer todos los esfuerzos posibles para evitar que nuestro compromiso se deteriore. Hagamos buen uso de la existencia, siendo siempre cautelosos. Es un gran error ser hoy laxos, diciéndonos que seremos más estrictos mañana. Seamos exigentes. Hemos de disciplinar la mente constantemente para llegar a ser personas de buen corazón. Para ello es necesario observar la mente persistentemente.
La vigilancia
Los que deseen guardar los preceptos
deben proteger cuidadosamente sus mentes.
A los que no protejan sus mentes,
no les será posible mantener los preceptos.
Necesitamos ser cuidadosos con cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones. La vigilancia nos mantiene alertas. En el momento en que estamos a punto de acometer un acto, nos muestra las nefastas consecuencias que podrían derivarse. La vigilancia es como un perro guardián que nos impide hacer algo negativo, y que a su vez, nos recuerda nuestra intención de realizar actos positivos.
La disciplina fundamental es evitar toda actitud egoísta. Cuando nuestras únicas preocupaciones son los propios intereses, nos desinteresamos de la suerte de los demás pudiendo perjudicarles. La disciplina fundamental, por tanto, concierne a las acciones negativas de la mente.
Todos los tormentos, tanto en esta vida como en las vidas futuras, son creados por una mente no subyugada. Por lo tanto, a mi mente vigilaré y protegeré cuidadosamente.
Nada más importante que vigilar la mente. Seamos conscientes en todo momento de nuestro estado mental y cuando las circunstancias provoquen nuestras emociones, controlemos este elefante salvaje con el gancho del estar presentes y vigilantes.
¿Cómo vigilar la mente? Debemos utilizar la vigilancia o escrutinio mental para observar los pensamientos, y utilizar la presencia plena (estar presente) para saber si estamos actuando correctamente.
La “presencia plena” o estar presente (en tibetano dran pa, puede traducirse también como “atención que recuerda”, mindfulness en inglés), es el factor mental que contrarresta el olvido. El estar plenamente presente es la facultad de la mente para mantener la continuidad de la atención sobre un objeto de concentración y familiarizarse con él, así como para retener en la memoria la huella del objeto para su futura evocación. Si nos distraemos olvidando nuestro objeto de concentración, la presencia plena contrarresta inmediatamente el olvido mediante el recuerdo del objeto. Así pues, se refiere a no olvidar lo que se debe hacer y lo que se debe evitar.
Los budas y bodhisattvas lo ven todo sin obstrucción;
por lo tanto, en todo momento estoy ante su mirada.
Cultivando estos pensamientos se tendrá respeto, vergüenza y temor.
De este modo el recuerdo de los budas volverá a la mente a cada momento.
Estas estrofas enseñan a desarrollar la presencia plena tomando por guía a un maestro espiritual y pensando que estamos siempre en presencia de los budas.
Cuando la presencia plena permanece en la mente a fin de protegerla,
la vigilancia está igualmente presente, y retorna si se olvida o dispersa.
Gracias a la presencia plena podemos mantener la vigilancia constante de los pensamientos y actos. Es necesario evaluar siempre la necesidad de una acción particular en relación a los preceptos.
En todo momento, dirijamos la mente hacia la virtud o, al menos, dejémosla reposar en un estado neutro, ni positivo ni negativo. Evitemos a toda costa los pensamientos negativos.
Debemos evaluar las situaciones cuidadosamente y estar alertas para impedir que las emociones negativas afecten a los pensamientos y determinen las palabras y acciones. Si se corre el riesgo de cometer una falta, debemos contener la mente, las palabras y los actos, y permanecer imperturbables como un tocón. Teniendo nuestros sentidos bajo control, seamos pacíficos e intentemos hacer felices a los demás.
No debemos abatirnos ante los deseos
contradictorios y fluctuantes de los (niños) demás,
ya que nacen de las emociones aflictivas.
Seamos compresivos y amables con ellos.
Debemos comprender que actúan bajo el influjo de las emociones negativas, sintiendo hacia ellos ternura y compasión. Tratemos de evitar toda acción negativa. Nuestra determinación debe ser tan estable como una montaña.
Así, con la mente libre,
ten siempre una expresión sonriente,
evita fruncir el ceño y ser arisco,
y sé un verdadero y honesto amigo de todos.
El verdadero practicante no se ve afectado ni por la presiones exteriores ni por las propias emociones. Es autónomo y no tiene miedo; su conciencia está siempre tranquila. Mantiene una expresión sonriente y no se cierra nunca a los demás. Amigo de todos, sus palabras son justas y benéficas.
Sé siempre humilde y no destaques; muévete silenciosamente, sin arrogancia. No hieras los sentimientos de los demás ni seas la causa de que actúen negativamente. Al contrario, cólmate de pensamientos benéficos y amistosos, inspira a los demás animándoles a acumular actos positivos. No te dejes invadir por el orgullo y la presunción.
Que nuestras palabras sean correctas, claras y directas, agradables de oír, en tono suave y calmado, libres de apego y de odio. Miremos siempre a los seres con amor. Lo más importante es tener en mente el beneficio de los demás.
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