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Esfuerzo
Dalai Lama
Extracto del libro “Como un relámpago ilumina la noche”

El esfuerzo es la fuerza viva para todo progreso. En el ámbito material, el trabajo de un investigador puede ser continuado por otro. Esto no es posible en el ámbito espiritual. Debemos progresar por nosotros mismos: nadie puede hacerlo en nuestro lugar.

Igual que si no sopla el viento nada se mueve,
Tampoco hay mérito sin esfuerzo.

Protegida del viento, la llama de una lámpara arde sin titilar; de la misma manera, gracias al esfuerzo, la mente virtuosa se expande sin verse perturbada.

¿Qué es el esfuerzo? Es encontrar alegría en hacer lo que es bueno. Para esto, es necesario eliminar todo lo que se oponga. El principal adversario es la pereza, que tiene tres aspectos: carecer del deseo de hacer el bien, distraerse en actividades negativas, y subestimarse a uno mismo dudando de las propias capacidades. Relacionados con estos obstáculos está el encontrar un placer inmoderado en el ocio y el sueño, y la indiferencia respecto a la vida mundana como un estado de sufrimiento.

Muy pronto la muerte vendrá por mí,
y hasta ese momento tengo que acumular méritos.
Si espero hasta entonces para sacudir la pereza,
¿qué tiempo me restará, y qué haré?

Si esperamos a la última hora para esforzarnos, será demasiado tarde. Nos veremos torturados por el miedo a lo desconocido, el recuerdo de las acciones negativas y el apego a nuestros allegados.

La mayoría de los hombres rehúsa pensar en la muerte y no quieren ni siquiera oír hablar de ella. La temen. No obstante, no tendremos más remedio que afrontarla. Nada podrá ayudarnos a superar la angustia, salvo la confianza y una actitud positiva nacidas de la purificación y del adiestramiento espiritual. No nos dejemos arrastrar por la pereza de la falta de inclinación a realizar acciones positivas.

Si queremos librarnos de la pereza, de la falta de inclinación a realizar acciones positivas, tenemos que pensar en la brevedad de la vida. El término sánscrito para pereza es alasya y significa “no hacer uso de”.

El tercer aspecto de la pereza surge de la subestimación, pensando que no se es capaz de alcanzar el despertar. Pero no hay razón para desalentarse de esa manera. Todos poseemos el potencial para alcanzar el despertar. La naturaleza de la mente se halla presente en cada uno de nosotros, enmascarada por simples velos.

Las cuatro fuerzas

Necesitamos el soporte de cuatro fuerzas para generar el esfuerzo: aspiración, firmeza, alegría y moderación.

La primera, la fuerza de la aspiración, nace de la reflexión constante en el karma, o ley de causa y efecto. Como sabemos, un resultado positivo procede de una acción positiva, y un resultado negativo de una negativa.

Si mis actos son virtuosos
y reflejan las intenciones de mi mente,

allí donde vaya, honores y respeto
me serán ofrecidos, fruto y recompensa del mérito.

Pero si, aunque desee felicidad, mis actos son malvados,
entonces, no importa adónde dirija mis pasos,
los cuchillos de la desgracia me despedazarán,
el pago y retribución de esas acciones negativas.

La segunda fuerza, es la firmeza o autoconfianza.

Evaluaré primero mis recursos para,
según sean, acometer o no la empresa.
Pues preferible es abstenerse del todo
a empezar y volver luego sobre mis pasos.

Antes de hacer nada, tenemos que preguntarnos si seremos capaces de llevar a cabo la acción proyectada, culminándola. Si la respuesta es negativa, no debemos iniciarla. Cuando uno se acostumbra a dejar sus empresas sin acabar, todo cuanto se haga en el futuro quedará inconcluso y será imperfecto. Así que una vez comenzado algo, debemos estar seguros de no dar marcha atrás.

No hay que confundir la confianza en sí mismo con el orgullo. El orgullo es tener una elevada idea de sí mismo sin justificación, en tanto que la confianza en uno mismo es saber que somos capaces de hacer algo de manera apropiada con el propósito de cumplirlo.

Esta certeza, esta voluntad de no desanimarse, es una gran fuerza interior. Debemos cultivar una gran autoconfianza, no con el orgullo ordinario o arrogancia, que es una emoción negativa, sino con la confianza y determinación de no ser vencidos por las emociones negativas.

Respecto a la alegría, debemos asumir las actividades con alegre deleite. Ahora que hemos entrado en la vía de la superación espiritual, debemos practicar con alegría y sin desalentarnos ante las pequeñas dificultades que necesariamente han de presentarse al comienzo. Nuestros esfuerzos darán finalmente fruto.

En conclusión, tras habernos desprendido de la pereza y alcanzado un sentimiento de entusiasmo mediante las cuatro fuerzas (la aspiración, la firmeza, la alegría y la moderación), estamos prestos a comprometernos en el corazón de la práctica del esfuerzo, que consiste en aplicar la presencia plena y la vigilancia.

Debemos tener presente el objeto de nuestra concentración: el hacer actos positivos. Así es como debemos esforzarnos, y así en todo momento y en cualquier situación, la presencia plena será mi hábito constante.

Al principio, la práctica espiritual es difícil, su meta parece fuera de nuestro alcance. Pero con el tiempo y la costumbre, se vuelve cada vez más fácil. A medida que crezca la fuerza interior, nuestras acciones positivas ganarán en profundidad y amplitud.

 

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