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Karma
S.N. Goenka

Nuestro sufrimiento no es un mero producto de la casualidad, sino que tiene una causa, como la tienen todos los fenómenos. La ley de causa y efecto, “karma” es universal y fundamental a la existencia.

Nada sucede sin causa. No es posible. Algunas veces las limitaciones de nuestros sentidos e intelecto hacen que la causa no se vea con claridad, pero eso no significa que no la tengan.

La palabra karma se entiende popularmente como “destino”. Por desgracia esto lleva a la confusión. El destino es visto como algo que está fuera de nuestro control, pero karma, literalmente, significa “acción”. Nuestras acciones son la causa de lo que experimentamos:

Todos los seres son dueños de sus actos, heredan sus actos,
emanan de sus actos, están ligados a sus actos,
sus actos son su refugio.
Según que sus actos sean viles o nobles, así serán sus vidas.

Todo lo que encontremos en la vida será el resultante de nuestras acciones; por consiguiente, cada persona puede ser dueña de su destino haciéndose dueña de ellas. Cada uno es responsable de las acciones que dan lugar al propio sufrimiento, y por lo cual, cada uno posee los medios para acabar con el sufrimiento.

Primero tenemos que ser completamente conscientes de que somos totalmente responsables de nuestros actos y por consiguiente de las consecuencias que ellos acarrean. Somos responsables de las reacciones que causan nuestro sufrimiento. Aceptando la responsabilidad, aprendemos a eliminar el sufrimiento.

Los tres tipos de acciones

Existen tres tipos de acciones: físicas, verbales y mentales. Por lo general concedemos mayor importancia a las acciones físicas, luego a las verbales y por último a las mentales. Pegarle a una persona nos parece más grave que insultarla, y ambas cosas son peores que un mal pensamiento no expresado hacia ella.

Según la ley natural, lo más importante es la acción mental. Los actos físicos y verbales adquieren un significado distinto dependiendo de la intención que los mueve.

Un cirujano utiliza un bisturí para realizar una intervención de urgencia donde el paciente muere; un asesino utiliza una navaja para apuñalar a su víctima a muerte. Las acciones son físicamente semejantes y producen el mismo efecto, pero mentalmente son polos opuestos. El cirujano actúa movido por la compasión, el asesino llevado por el odio. El resultado kármico será acorde a su acción mental.

También en el caso de la palabra, la intención es primordial. Un hombre lleno de ira le grita cerdo a otro. Ese mismo hombre cariñosamente le llama cerdo a su hijo que juega en el barro, se lo dice lleno de amor. La palabra utilizada ha sido la misma en ambos casos, pero el resultado vendrá determinado por la intención que le demos a la palabra.

El verdadero Karma es la acción mental, ella es la causa que dará resultado en el futuro. Comprendiendo esta verdad, el Buda anunció:

La mente precede a todos los fenómenos,
la mente es lo que más importa.
La mente lo produce todo.
Si con una mente impura hablas o actúas,
entonces el sufrimiento te sigue,
como la rueda del carro sigue la huella del animal uncido.
Si con una mente pura hablas o actúas,
entonces la felicidad te sigue
como una sombra que nunca se separa.

La naturaleza nos ha proporcionado la capacidad de poder llegar a dominar nuestras acciones presentes. Gracias a este dominio podremos cambiar nuestro futuro.

Debemos aprender a actuar en vez de reaccionar, a actuar con la mente equilibrada. De esta manera lograremos un estado en el que nuestra mente podrá permanecer desapegada, llena de amor, compasión, buena voluntad, alegría y ecuanimidad.


La visión de la interdependencia
Dalai Lama

Todos los fenómenos son el resultado de causas y condiciones. Esto es la base de la visión de la Interdependencia.
Tenemos la costumbre de pensar que todo lo que nos sucede, tanto bueno como malo, proviene de una causa única, de una entidad independiente. Si la experiencia es agradable, nos aferramos enseguida a lo que creemos ser su causa; si es desagradable, sentimos repulsión hacia ella. Mas si a cada fenómeno correspondiese una causa única y aislada, ésta sería un blanco fácil de reconocer. De ser así, todo sería muy simple, y tendríamos buenas razones para justificar nuestra aversión o nuestro deseo. Por otra parte, si comprendemos que todos los fenómenos resultan de la interacción de numerosas causas y condiciones, exteriores e interiores, nuestra manera de pensar cambia, el deseo y la aversión no encuentran ya el objeto único hacia el que dirigirse y por consiguiente, es más difícil que surjan las aflicciones de apego o la ira. La visión de la interdependencia hace de nuestras mentes más relajadas y abiertas.

Cuando el Buda resumió todas las enseñanzas en el siguiente sutra:

Abandona todo acto perjudicial,
practica bien la virtud,
subyuga tu mente.

... dejó claro que debemos evitar incluso las acciones negativas más ínfimas y realizar las acciones positivas más insignificantes. ¿Por qué? Nuestro sufrimiento y felicidad se deben precisamente a nuestras acciones, o karma. A cada instante, todo lo que experimentamos es como si estuviera programado por nuestras acciones, y éstas a su vez dependen de nuestras actitudes. Empujados por buenas o malas intenciones actuamos y hablamos, moldeando así nuestro porvenir.

 

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