Lo inmutable La impermanencia nos guarda un último tesoro que en gran medida nos está oculto, pero que es íntimamente nuestro. Nuestros más profundos temores son como dragones que protegen nuestro más profundo tesoro. El temor que la impermanencia suscita en nosotros, de que nada es real y nada permanece, nos induce a preguntar: si todo muere y cambia ¿qué es realmente cierto? ¿Existe algo más allá de las apariencias, algo sin límites e infinitamente amplio, algo dentro de lo cual se dé la danza del cambio y la impermanencia? ¿Existe algo, en realidad, con lo que podamos contar, que sobreviva a lo que llamamos muerte? Sosteniendo la contemplación y la práctica del desprendimiento, llegamos a descubrir en nosotros mismos “algo” que no podemos nombrar, describir ni conceptuar, “algo” que, como empezamos a percibir, se esconde detrás de todos los cambios. Es como si durante toda nuestra vida hubiéramos volado entre nubes negras y turbulentas y de pronto el avión se elevara sobre ellas para salir a un cielo transparente e ilimitado. Inspirados por este surgimiento a una nueva dimensión, llegamos a descubrir una profundidad de paz, alegría y confianza en nosotros mismos que nos llena de pasmo y gradualmente engendra en nosotros la certidumbre de que en nuestro interior hay “algo” que nada destruye ni nada altera, y que no puede morir: la naturaleza de la mente. En los momentos en que se revela esta naturaleza de la mente, los pensamientos se detienen y se abre un hueco, y en ese hueco se revela al desnudo una conciencia pura e inmediata del presente, libre de todo aferramiento: simple, desnuda y fundamental, la cual resplandece con el calor de una inmensa compasión. La mente ordinaria y la naturaleza de la mente La mente tiene dos aspectos que destacan. El primero es la mente ordinaria, la que los tibetanos llaman sem. Aquello que posee conciencia diferenciadora, aquello que posee un sentido de dualidad, es decir, que aferra o rechaza algo externo, eso es la mente. Fundamentalmente, es aquello que podemos asociar con un “otro”, con cualquier “algo” que se percibe como distinto del preceptor. Sem es la mente dualista, discursiva y pensante, que sólo puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior proyectado y falsamente percibido. Así pues, sem es la mente que piensa, hace planes, desea y manipula, que monta en cólera, que crea oleadas de emociones y pensamientos negativos por los que se deja llevar, que debe seguir siempre proclamando, corroborando y confirmando su “existencia” mediante la conceptuación y solidificación de la experiencia. La mente ordinaria es la presa incesantemente cambiable e incambiable de las influencias exteriores, las tendencias habituales y el condicionamiento: los maestros comparan a sem con la llama de una vela en un portal abierto, vulnerable a todos los vientos de la circunstancia. Luego está la naturaleza de la mente, su esencia más íntima, que es absolutamente inmune al cambio y a la muerte. Ahora se halla oculta dentro de nuestra propia mente, nuestra sem, envuelta y velada por el rápido discurrir de nuestros pensamientos y emociones. Pero, del mismo modo que un fuerte golpe de viento puede dispersar las nubes revelando el resplandeciente sol, también alguna inspiración (o estado transpersonal) puede descubrirnos visiones relámpagos de esta naturaleza de la mente. Estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades, pero todos proporcionan alguna luz de comprensión, significado y libertad. Ello es así porque la naturaleza de la mente es de por sí la propia raíz de la comprensión. En tibetano la llamamos Rigpa, una conciencia primordial, pura que es al mismo tiempo inteligente, cognoscitiva, radiante y siempre despierta. No hay que caer en el error de suponer que la naturaleza de la mente es exclusividad sólo de nuestra mente. De hecho, es la naturaleza de todo. Nunca puede subrayarse demasiado que conocer la naturaleza de la mente es conocer la naturaleza de todas las cosas. Se dice que cuando Buda alcanzó la iluminación, lo único que deseaba hacer era mostrarnos a los demás la naturaleza de la mente y participarnos completamente lo que había conocido. Aunque todos tenemos la misma naturaleza interior que Buda, no nos damos cuenta de ello porque nuestra mente de buda está encerrada y envuelta en nuestra mente individual ordinaria. Sólo sus frágiles paredes separan el uno del otro. La naturaleza de la mente es como se ha dicho: Es sencillamente tu impecable conciencia presente, cognoscitiva y vacía, desnuda y despierta.
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