Los
cinco agregados El Buda, exploró la realidad interior y descubrió que cada ser es un compuesto de cinco procesos, uno físico y cuatro mentales. El cuerpo es el elemento físico. La parte más obvia y aparente. El proceso físico va unido al proceso psíquico, la mente, que, aunque no puede ser tocada o vista, parece estar más íntimamente conectada con nosotros que el cuerpo; podemos concebir una existencia futura sin el cuerpo, pero no podemos ni imaginar ninguna clase de existencia sin la mente. La mente está en todas partes, en cada átomo del cuerpo. Cada vez que sientes algo, la mente está ahí. Al examinar la mente encontramos que consta de cuatro procesos: cognición (viññana), percepción (sañña), sensación (vedaña) y reacción (sankhara). El primer proceso, la cognición, es la parte receptora de la mente. Se limita a registrar la ocurrencia de cualquier fenómeno, la recepción de cualquier dato físico o mental. Registra una experiencia escueta, sin asignar etiquetas o hacer evaluaciones positivas o negativas. El segundo proceso mental es la percepción, el acto de reconocimiento. Esta parte de la mente identifica cualquier cosa que haya sido notada por la cognición. Distingue etiqueta y clasifica los datos que llegan y los evalúa como positivos o negativos. La parte siguiente es la sensación. En realidad, la sensación, la señal de que algo está pasando, surge tan pronto como se recibe un dato. Sucede que hasta que éste es evaluado, la sensación permanece neutra, pero en cuanto la percepción le asigna un valor al dato que acaba de llegar, la sensación se convierte en agradable o desagradable, según la evaluación que haya recibido. La reacción es el cuarto proceso. Si la sensación es agradable, se forma el deseo de prolongar e intensificar la experiencia. Si la sensación es desagradable, se deseará detenerla y expulsarla. Estos cuatro procesos suceden cada vez que los sentidos entran en contacto con algún objeto, y se suceden a la velocidad del rayo y se repiten en cada momento llegando a nivel consciente cuando una reacción determinada se ha repetido durante un periodo de tiempo tomando una forma pronunciada e intensa. La identidad Cada uno de nosotros tiene la seguridad congénita de que hay un "yo" en alguna parte dentro de nosotros, una identidad continua. Operamos con la irreflexiva asunción de que la persona que existió hace diez años es esencialmente la misma que existe hoy y que existirá dentro de diez años. Es decir, todos vivimos con la profunda convicción que "yo era, yo soy, yo seré". Si experimentamos y observamos objetivamente
la realidad de la experiencia: cognición, percepción,
sensación y reacción, su surgir y desaparecer, vemos
que a pesar de las apariencias, cada ser humano no es sino una serie
de acontecimientos separados pero interrelacionados. Cada suceso
es el resultado del precedente y le sigue sin ningún intervalo.
La progresión ininterrumpida de acontecimientos conectados
íntimamente produce una sensación de continuidad,
de identidad, pero es una realidad aparente, no la verdad última. De forma similar, el Buda comprendió que una persona no es una entidad acabada sino un proceso que fluye a cada momento. No hay ningún "ser" real, sino un flujo en marcha, un proceso continuo de devenir. Por supuesto que en la vida cotidiana debemos tratarnos los unos con los otros como personas con una naturaleza más o menos definida e inalterable, tenemos que aceptar la realidad externa, la apariencia. La realidad externa es una realidad, pero nada más que superficial; en un nivel más profundo la verdad es que todo el universo, animado o inanimado, es un estado constante de devenir, de surgir y desaparecer. Cada uno de nosotros es una corriente d partículas subatómicas en cambio constante, junto a las cuales los cuatro procesos mentales (cognición, percepción, sensación y reacción) cambian todavía más rápidamente que el proceso físico.
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