Meditación sobre la muerte
CONSIDERACIÓN DE LOS PELIGROS DE OLVIDARSE DE LA MUERTE Olvidaremos el Dharma con facilidad Si no recordamos la muerte, no tendremos el deseo de adiestrarnos en el Dharma y, por consiguiente, esta puerta seguirá cerrada para nosotros y no obtendremos los buenos resultados de un desarrollo espiritual. A pesar de que tengamos la buena fortuna de recibir las enseñanzas, no nos sentiremos atraídos por ellas. Inadvertidos de la muerte, nos preocupamos solo por los intereses de esta vida y dedicamos toda nuestra energía para lograr estos fines. Cuando nos llegue la muerte nos daremos cuenta, demasiado tarde, de la futilidad de todas nuestras actividades. Si recordamos la muerte una y otra vez, superaremos nuestra habitual suposición de que vamos a permanecer en este mundo para siempre, y empezaremos a vernos a nosotros mismos como un viajero que va pasando de una vida a otra. Con esta manera de pensar reduciremos nuestras ansiedades, nuestros enfados y el apego que tenemos a esta vida y a los placeres que ofrece, y nos abstendremos de cometer las acciones que llevamos a cabo sólo para el beneficio de esta corta vida. Cuando un viajero pasa unas noches en un buen hotel, no se apega a las comodidades de que disfruta, pues sabe que pronto tendrá que marcharse. Cuando deja el hotel no se entristece, porque nunca consideró que fuera su propio hogar. Del mismo modo, si dejamos de pensar que esta vida es nuestro lugar de residencia permanente y empezamos a vernos como un peregrino en dirección a vidas futuras, generaremos con naturalidad un sincero interés en el Dharma, sabiendo que es lo único que nos va a ayudar. Aunque no olvidemos el Dharma, probablemente no lo pondremos en práctica Si no recordamos la muerte, aunque pensemos en practicar el Dharma, tendremos la inclinación de dejarlo a un lado pensando: “¡Ya practicaré correctamente cuando acabe este trabajo!” No obstante, la vida se acaba antes de que los trabajos se hayan agotado. Las tareas y actividades de la vida mundana no tienen fin. Si nos detenemos a pensar, nos daremos cuenta de que casi siempre damos por sentado que “hoy no me voy a morir”. Guardamos este mismo pensamiento un día tras otro. Incluso en el mismo día de su muerte, muchas personas siguen pensando que “hoy no me moriré”. Esta despreocupada placidez ante la vida impide que nos interesemos seriamente por nuestra práctica del Dharma. Cuando la muerte, de hecho, se presenta y destruye nuestra actitud complaciente, sentiremos un gran remordimiento, y nos daremos cuenta de que hemos desperdiciado por completo nuestra preciosa existencia humana. ¿Acaso no hay mayor necedad que la de llegar a la hora de la muerte con las manos vacías sin haber cultivado la experiencia del Dharma? Aunque no olvidemos el Dharma y lo pongamos en práctica, nuestro adiestramiento no será puro Si nos hemos ejercitado en el Dharma durante un cierto tiempo pero no experimentamos sus buenos resultados, ello se debe a que no recordamos continuamente el hecho de la muerte. A pesar de que practiquemos, si no recordamos la muerte, nuestro adiestramiento espiritual no será puro y no conseguiremos alcanzar realizaciones. ¿Qué es una práctica de Dharma pura? Maestros como Dromtompa enseñaron que si renunciamos al apego por el bienestar de esta vida, nuestra práctica de Dharma será pura. Por el contrario, si no lo hacemos así, aunque nos adiestremos en los métodos avanzados del mantra secreto, nuestra práctica será impura. El mero hecho de ser pobres no quiere decir que carezcamos de apego por las cosas placenteras de esta vida; muchas personas que son pobres y están solas tienen un fuerte apego a este mundo y a los placeres que ofrece. El renunciar al apego por el bienestar de esta vida significa liberarse de las ocho preocupaciones mundanas: 1. Alegrarse al obtener felicidad. Mientras estemos apegados a la felicidad, la riqueza, las alabanzas y una buena reputación, nuestra mente estará en desequilibrio: nos alegraremos demasiado al poseerlas y nos deprimiremos cuando las perdamos. Seremos personas inestables, vulnerables y emocionalmente dependientes de estas condiciones. Dedicaremos casi toda nuestra energía a asegurarnos estos placeres mundanos y a protegerlos con el fin de no perderlos. Cuando nos adiestramos en el Dharma, nuestra motivación está muy influenciada por estos apegos y, en consecuencia, tanto nuestra práctica como el resto de nuestras actividades giran en torno a los intereses de esta vida con el único objetivo de obtener sus placeres. Para superar el apego al bienestar de esta vida, meditemos con la siguiente reflexión:
Si conseguimos generar un sentimiento de ecuanimidad respecto a los intereses de esta vida, superaremos muchas de las frustraciones y ansiedades que padecemos a diario. Tendremos mucha más energía para dedicar a la práctica del Dharma y ésta será cada vez más pura. Las personas que tienen un sentido de ecuanimidad respecto a las preocupaciones mundanas poseen un elevado logro espiritual. Tenemos que cultivar esta actitud equilibrada, porque no es algo que poseamos de manera natural cuando comenzamos nuestro adiestramiento espiritual. Si hemos practicado el Dharma por un tiempo pero no recibimos ningún beneficio, ello se debe a que no lo hemos hecho correctamente. Teniendo esto en cuenta, al principio nuestra aspiración no debería ser lograr unos resultados perfectos de nuestro adiestramiento espiritual, sino practicar con pureza. Si conseguimos este objetivo, los frutos internos madurarán de forma natural en el momento apropiado. Al principio de nuestro adiestramiento, si tenemos un fuerte deseo de experimentar los resultados, esta ambiciosa motivación contaminará la pureza de nuestra práctica porque estará mezclada con el apego y las preocupaciones mundanas. Sin embargo, el fuerte deseo de ejercitarnos con sinceridad es la actitud ecuánime de un practicante estable. Deberíamos cultivar la actitud de pensar que las cosas que consideramos nuestras, en realidad, están sólo a nuestra disposición temporalmente, y que más tarde las dejaremos para que otros las utilicen, de igual forma en que nosotros las recibimos de otras personas. Asimismo, si no hacemos uso de nuestros bienes, es mejor que los regalemos para que otras personas puedan beneficiarse de ellos. Es posible que nos preocupemos por el hecho de que si logramos ser ecuánimes respecto a la felicidad y al sufrimiento, la riqueza y la pobreza, la alabanza y la crítica, y la buena y mala reputación, acabemos sin recursos y perdamos nuestras posesiones. De hecho, la ecuanimidad no sólo hará que logremos mayores recursos, sino que nos librará de problemas y nunca será la causa de nuestra desdicha. Nadie se ha muerto de hambre por haber desarrollado desapego y esto tampoco ocurrirá en el futuro. Buda Shakyamuni creó los méritos suficientes en sus vidas pasadas para renacer como un monarca universal sesenta mil veces. En vez de obtener estos renacimientos, dedicó todo su poder meritorio para que en los tiempos de degeneración los practicantes de Dharma tuvieran siempre de qué alimentarse. Debido a esta acción pura, hasta ahora no ha habido en este mundo ningún practicante sincero de Dharma que se haya muerto por falta de alimentos. Aunque no olvidemos el Dharma, y lo pongamos en práctica de una forma pura, no perseveraremos con esfuerzo en nuestra práctica Si nos olvidamos de la muerte, aunque practiquemos con pureza, no podremos hacerlo de manera continua. Nos ejercitaremos de la manera correcta durante una semana y luego lo dejaremos, o nos esforzaremos durante un mes o incluso unos años pero acabaremos abandonándolo. El remedio para este tipo de pereza es recordar la muerte una y otra vez. Es posible que recibamos los frutos de nuestra práctica muy pronto o en una vida futura. El momento de su maduración depende de nuestra acumulación de méritos y del esfuerzo que pongamos en esta vida. Por consiguiente, deberíamos generar esta resolución:
Si recordamos la muerte a menudo, no sólo despertaremos el deseo de practicar el Dharma, sino que además no querremos dejar de hacerlo. Nuestra actitud habitual cambiará por completo. En vez de tener mucho tiempo para fines mundanos y muy poco para el ejercicio espiritual, de manera progresiva nos dedicaremos más a la práctica del Dharma y menos a actividades sin sentido. Seguiremos cometiendo acciones perjudiciales Si nos olvidamos de la muerte, en muchas situaciones nos comportaremos de manera perjudicial y destructiva, pensando sólo en beneficiar y proteger nuestros propios intereses mundanos. En ocasiones haremos uso de la violencia, poniéndonos en peligro a nosotros mismos y a otras personas. Con semejantes acciones estaremos creando la causa para seguir padeciendo sufrimiento en el futuro y para renacer en los reinos inferiores. Una vez que hayamos renacido allí, será muy difícil obtener un renacimiento en los reinos de los dioses o en el de los humanos. Moriremos llenos de remordimiento Si no tenemos la muerte presente a lo largo de nuestra vida, cuando nos llegue el momento de morir nos daremos cuenta de que ni todas nuestras posesiones y riquezas, ni nuestros familiares y amistades, podrán ayudarnos. Sentiremos temor, ansiedad y remordimiento, pero ya será demasiado tarde para derramar lágrimas. Los Maestros kadampas dicen que no es bueno tener miedo cuando nos estamos muriendo, sino que el miedo a la muerte hemos de tenerlo cuando somos jóvenes. La mayoría de la gente hace lo contrario. Durante su juventud piensan que “no se van a morir” y se comportan de manera imprudente y sin preocuparse de la muerte; pero cuando les llega la hora les domina el miedo, la frustración, el desasosiego y la desesperación. Si comenzamos a generar miedo a la muerte desde este mismo momento, afrontaremos su llegada sin tener que experimentar estas aflicciones, y además aprovecharemos mejor el tiempo. Evitaremos cometer acciones perjudiciales y nos dedicaremos a realizar obras virtuosas, creando de este modo la causa para obtener un renacimiento afortunado. Cuando nos llegue el momento de la muerte, nos sentiremos como un niño que regresa a casa de sus padres, y con este sentimiento expiraremos. Seremos como Longdrol Lama, un Maestro que vivió hasta una edad muy avanzada. Cuando le llegó la muerte se sentía feliz. Los que le atendían le preguntaron por qué estaba tan contento y él repuso: “Si me muero renaceré como un dios o una diosa en una Tierra Pura. Mi vida será muy superior a esta.” Longdrol Lama, en vida, se preparó correctamente para dominar su muerte e incluso eligió el lugar de su siguiente renacimiento. Si practicamos el Dharma con sinceridad, nosotros también podremos hacer lo mismo. CONSIDERACIÓN DE LOS BENEFICIOS DE TENER PRESENTE LA MUERTE Nos dedicaremos a la práctica del Dharma con sinceridad y esfuerzo En el Sutra del gran estado más allá del dolor, Buda dice:
Una vez, el Príncipe Sidharta, cuando aún vivía en el palacio de su padre, salió de sus confines reales y vio por primera vez un cadáver en estado de putrefacción. El enfrentarse con esta cruda realidad le hizo reflexionar del siguiente modo: “Ahora vivo en este espléndido palacio, pero tarde o temprano seré como este cadáver putrefacto. Mi vida de grandes lujos no tiene ningún valor.” Esta meditación sobre la muerte le hizo abandonar el apego a los disfrutes de la vida palaciega y dedicarse al adiestramiento espiritual que le condujo a la iluminación. Cuando Milarepa presenció la muerte de su maestro, se desilusionó tanto con el samsara que generó un intenso remordimiento por todas las malas acciones que había efectuado, y desde ese mismo momento comenzó a practicar el Dharma de una forma pura. Gracias a la meditación sobre la muerte grabó esta profunda impresión en su mente al principio de su camino espiritual, consiguiendo alcanzar la iluminación en esa misma vida. Nuestra práctica de Dharma será muy poderosa y pura En las escrituras se dice que la meditación sobre la muerte es como un mazo que destroza los engaños. Constituye un poderoso método para eliminar tanto nuestras perturbaciones mentales como nuestras acciones perjudiciales físicas, verbales y mentales. La meditación sobre la muerte ejerce una fuerte influencia en todas nuestras acciones. Si meditamos sobre la muerte por la mañana, todas las acciones que realicemos durante el día las haremos pensando en el bienestar de nuestras vidas futuras; mientras que si por la mañana no nos acordamos de la muerte, lo más probable es que durante el resto del día llevemos a cabo nuestras actividades preocupándonos sólo por el beneficio de esta vida. Si no meditamos sobre la muerte, no generaremos el deseo de practicar con pureza. Si no tenemos este deseo, nuestra puerta del Dharma seguirá cerrada y, aun cuando encontremos un Guía Espiritual que nos dé enseñanzas perfectas y los mejores consejos, no nos dejaremos influir por ellos. Uno de los Maestros kadampas dijo: “Mi verdadera meditación sobre el camino medio es la contemplación de la muerte y de la impermanencia. Todas las buenas cualidades surgen de ella y gracias a ella mi práctica de Dharma es pura.” Es un factor importante al inicio de nuestra práctica La meditación sobre la muerte es importante al principio de nuestra práctica, pues nos hace generar el deseo de adiestrarnos puramente y de manera continua, y de esta forma abre la puerta del Dharma. Es un factor importante durante toda nuestra práctica La meditación sobre la muerte es importante también durante toda nuestra práctica, pues nos mantiene interesados en el adiestramiento de la mente en todas las etapas del camino hacia la iluminación. Es un factor importante en el logro de la meta final de nuestra práctica La meditación sobre la muerte es un factor importante en el logro de la meta final de nuestra práctica, porque asegura que no abandonemos nuestro adiestramiento hasta que alcancemos la meta de la iluminación por el beneficio de los demás seres. Es un error pensar que la meditación sobre la muerte es sólo para principiantes. Incluso los practicantes más avanzados deben hacerla. A la hora de la muerte nos sentiremos felices Este beneficio de recordar la muerte ha quedado bien ilustrado con el relato de Longdrol Lama mencionado con anterioridad. Si contemplamos este relato comprenderemos este punto con facilidad. LA MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE Existen dos meditaciones sobre la muerte:
LA MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE POR MEDIO DE NUEVE RAZONAMIENTOS Consta de tres partes:
El propósito de meditar sobre la muerte por medio de estos nueve razonamientos, no es establecer el hecho de que la muerte es definitiva, que el momento de la muerte es incierto o que lo único que nos puede ayudar a morir y después de la muerte es la práctica del Dharma, porque todo ello es evidente y no necesita ser demostrado. No obstante, y a pesar de que sabemos estas cosas, por lo general damos por sentado que “hoy no me voy a morir”. Si en alguna ocasión pensamos que “es posible que hoy me muera”, no lo hacemos por mucho tiempo. Nuestra suposición habitual es que nuestra vida va a seguir como siempre, y todas nuestras actividades diarias se basan en ella. Por lo tanto, hemos de meditar en la muerte para convertir el conocimiento superficial que de ella tenemos en una profunda convicción interna que transforme nuestro modo de pensar, de manera que nos habituemos a tener en cuenta que “es posible que hoy me muera” y actuemos conforme a esta realidad. Si nos acordamos de manera constante de la muerte, de forma natural despertaremos un gran interés en practicar el Dharma. La meditación analítica sobre estos nueve razonamientos nos lleva a tomar con firmeza las tres resoluciones siguientes: Voy a practicar el Dharma. TRES RAZONAMIENTOS PARA CONVENCERNOS DE QUE LA MUERTE ES DEFINITIVA. El hecho de que me voy a morir es definitivo y no hay nada que pueda impedirlo. Meditemos:
Ninguna de las personas que vivieron en tiempos de Buda Shakyamuni sigue viva hoy. Lo único que ha quedado de ellos son sus nombres. Todos los seres que vivieron doscientos años atrás han perecido, y los que ahora viven no existirán dentro de doscientos años. Habiendo contemplado estos puntos deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Cómo es posible que yo sea la única persona que vaya a sobrevivir a la muerte? Cuando nuestro karma de maduración de tener esta existencia llegue a su fin, nadie podrá impedir que muramos, ni siquiera el mismo Buda. Cuando nos llega el momento de morir, no hay manera de impedirlo. Si fuera posible prevenir la muerte por medio de poderes sobrenaturales y clarividencias, los que los poseen serían inmortales, pero los clarividentes también mueren. Los reyes más poderosos que gobernaron este mundo, a la hora de su muerte, murieron desvalidos. La muerte es inexorable y no hace concesiones. En el Sutra dirigido a un rey, Buda dice:
La vejez avanza a escondidas socavando nuestra juventud, nuestro vigor y belleza. Aunque nos pase desapercibido, su proceso ya se ha precipitado y no hay manera de hacerlo retroceder. Las enfermedades destruyen nuestro bienestar y nuestra fuerza física. Aunque los médicos nos ayuden a superar una o varias dolencias, siempre hay otras que las suceden y, finalmente, padeceremos un mal que no haya forma de curar. En el mismo Sutra, Buda dice:
La duración de mi vida no se puede aumentar y se va acortando continuamente En su Guía de las obras del Bodhisatva, Shantideva dice:
Desde el mismo momento en que fuimos concebidos nos precipitamos de manera inexorable en dirección a la muerte, como un caballo de carreras que galopa hacia su meta. Éste, al menos, puede aflojar su marcha, pero nuestra carrera hacia la muerte avanza sin posibilidad de interrupción. Nuestra vida se va acortando mientras dormimos y lo mismo ocurre cuando estamos despiertos. En el momento siguiente de nuestro nacimiento ya se ha extinguido parte de nuestra vida. Vivimos en los brazos de la muerte. El Séptimo Dalai Lama dijo:
Imaginemos que nuestro médico nos dice que tenemos una enfermedad incurable y que sólo nos queda una semana de vida. Si un amigo nos fuera a dar un regalo espléndido, como por ejemplo un diamante, un coche último modelo o unas vacaciones maravillosas, no nos alegraríamos mucho. De hecho, nuestra situación actual no es muy diferente, pues todos padecemos de la enfermedad de la mortalidad. En tal caso, ¡que necedad tan grande malgastar nuestra energía en los placeres transitorios de esta brevísima vida! Si nos es difícil meditar en la muerte, podemos contemplar el paso del tiempo escuchando el tictac de un reloj, y comprender así que cada instante marca el fin de un momento de nuestra existencia, y nos acercamos más a la muerte. Atisha solía hacer esta meditación con el sonido del caer de las gotas de agua. Esto nos ayudará a reconocer que no somos más que transeúntes vagando por esta existencia. En el Sutra del gran deleite, Buda dice:
La muerte me va a llegar sin esperar a que practique el Dharma A pesar de que la vida es corta, no importaría mucho siempre que dispusiéramos de tiempo suficiente para adiestrarnos en el Dharma; pero la mayoría del tiempo lo pasamos durmiendo, en el trabajo, comiendo, yendo de compras, conversando, etc., de manera que nos queda muy poco para dedicarlo a nuestra práctica espiritual. Nos pasamos los días trabajando para lograr otros fines, hasta que, de repente, nos sobreviene la muerte. Solemos pensar que tenemos tiempo de sobra para la práctica del Dharma, pero si examinamos nuestra forma de vida, nos daremos cuenta de que los días van pasando, uno tras otro, y que aún no hemos practicado seriamente. Si no encontramos tiempo para dedicarnos con sinceridad al adiestramiento del Dharma, cuando muramos miraremos atrás y veremos que hemos desperdiciado toda nuestra vida. Por el contrario, si meditamos en la muerte, generaremos un sincero deseo de mantener una práctica pura y, en consecuencia, empezaremos a modificar nuestras tareas cotidianas para dedicar al menos unos minutos a nuestra práctica hasta que, finalmente, dispondremos más tiempo para nuestro adiestramiento espiritual que para el resto de nuestras actividades. Si meditamos en la muerte una y otra vez, es posible que lleguemos a sentir miedo, pero esto no es suficiente. Una vez que hayamos generado el temor de afrontar la muerte sin estar bien preparados, hemos de buscar algo que de verdad pueda protegernos. Gungtang Yhampelyang dijo que los caminos de las vidas futuras son muy largos y desconocidos. Iremos pasando de una vida a otra sin saber dónde vamos a renacer, si vagamos por los caminos que conducen a un reino afortunado o por los que conducen a un estado de existencia miserable. Sin libertad ni elección seremos empujados adonde nos lleve nuestro karma. Por consiguiente, tenemos que encontrar algo que nos dirija por los buenos caminos de las vidas venideras, algo que nos guíe por los senderos correctos y nos aleje de los malos rumbos. Hemos de esforzarnos física, verbal y mentalmente para poner el Dharma en práctica. Los bienes y los disfrutes del samsara no pueden ayudarnos. Sólo el Dharma nos muestra el sendero supremo. Puesto que constituye el único bien y disfrute que puede asistirnos y ampararnos en el futuro, hemos de esforzarnos con nuestro cuerpo, palabra y mente en aplicarlo e integrarlo en nuestra vida. Milarepa dijo:
Si hacemos un examen de nuestra vida, veremos que hemos malgastado muchos años desinteresados por el Dharma, y que incluso ahora que queremos practicarlo, dejamos de hacerlo por pereza. Si en la meditación aplicamos estos tres razonamientos, acabaremos convenciéndonos de que “es seguro que me voy a morir”. Dado que durante la muerte sólo nuestra práctica espiritual nos será de verdadera ayuda, tomaremos sinceramente la siguiente resolución: “Debo practicar el Dharma.” Cuando este pensamiento surja con fuerza y claridad en nuestra mente, nos concentraremos en él en meditación de emplazamiento para familiarizarnos y no olvidarlo nunca. TRES RAZONAMIENTOS PARA CONVENCERNOS DE QUE EL MOMENTO DE LA MUERTE ES INCIERTO El espacio de vida de los seres de este mundo no es fijo A menudo nos engañamos a nosotros mismos diciéndonos: “Soy joven y por ahora no me voy a morir”, pero podemos comprobar lo falsa que es esta suposición con sólo observar la cantidad de gente joven que muere antes que sus progenitores. A veces pensamos: “Tengo buena salud, así que de momento no me voy a morir”, pero vemos que muchas personas que disfrutan de buena salud se mueren. Los que van a visitar a sus amigos en el hospital pueden morir antes que ellos en un accidente de automóvil, puesto que la muerte no se restringe a ancianos y enfermos. La persona que está viva por la mañana puede estar muerta por la tarde. Muchos seres perecen tan pronto como nacen. La muerte no siempre avisa. Este enemigo se presenta en cualquier momento y ataca cuando menos lo esperamos. El Señor de la muerte puede caer sobre nosotros con rapidez como las negras nubes que cubren de repente el cielo. Así, la muerte puede arrojar su sombra sobre nuestra vida en pocos instantes. Hay muchas más condiciones que nos conducen hacia la muerte que hacia la supervivencia A pesar que nuestra muerte es definitiva y que nuestro tiempo de vida indefinido, esto carecería de importancia si las condiciones que conducen a la muerte fueran pocas; pero las condiciones tanto externas como internas que pueden producir la muerte son innumerables. El medio ambiente es la causa de muchas muertes por inanición, inundaciones, incendios, terremoto, contaminación, etc. De manera similar, los elementos internos de nuestro cuerpo nos causan la muerte cuando pierden su equilibrio y uno de ellos crece en exceso. Al margen de estas causas inanimadas que ocasionan la muerte, hay muchas otras que son animadas, como por ejemplo un delincuente, un soldado o un animal salvaje, que también pueden producirla. Incluso las cosas que no consideramos que sean un peligro, como nuestra casa o nuestro automóvil pueden convertirse en la causa de nuestra defunción. Hay personas que mueren aplastadas en el derrumbamiento de su casa o al caerse por unas escaleras, y cada día hay más personas que pierden la vida en las carreteras. Los mismos alimentos que ingerimos para nutrir y sostener nuestro cuerpo pueden ser la causa de nuestro fallecimiento. Nagaryhuna dijo:
Cada persona ha creado su propio karma individual para permanecer con vida durante un determinado período de tiempo, pero debido a que no somos capaces de recordar el karma que hemos creado, no sabemos cuál será la duración de nuestra vida. También es posible que fallezcamos de muerte prematura aunque no hayamos extinguido nuestro espacio de vida. Esto se debe a que hemos agotado nuestros méritos antes de haber consumido el karma que determina la duración de nuestra vida. En tal caso, podemos enfermar de manera que los médicos no puedan hacer nada, o que nos sea imposible encontrar los alimentos y las necesidades básicas para mantenernos con vida. El cuerpo del ser humano es muy frágil Aunque hay muchos factores que pueden ocasionar la muerte, ello carecería de importancia si nuestro cuerpo fuera algo tan fuerte como, por ejemplo, el hierro; pero de hecho se trata de un objeto muy delicado. No es necesario utilizar armas ni bombas para destrozarlo, se puede acabar con él con una pequeña aguja. Debemos alegrarnos cada mañana al despertarnos con vida. En su Carta amistosa, Nagaryhuna dice:
Al meditar con la ayuda de estos tres razonamientos quedaremos convencidos de que el momento de nuestra muerte es muy incierto y de que la idea de practicar el Dharma cuando acabemos con nuestros trabajos es una gran necedad. Hemos de decidir no utilizar todo nuestro tiempo en actividades mundanas, puesto que no tienen fin. En las escrituras se suele comparar a las tareas mundanas con las ondas que se producen en la superficie del agua, ya que a una siempre le sigue otra. Si esperamos a que nuestras actividades mundanas terminen para después practicar el Dharma, nunca comenzaremos a hacerlo. Esta meditación nos hará tomar con firmeza la siguiente resolución: “Voy a practicar el Dharma desde este mismo momento.” Cuando la generemos, debemos concentrarnos en ella en meditación de emplazamiento para no olvidarla. TRES RAZONAMIENTOS PARA CONVENCERNOS DE QUE EN EL MOMENTO DE LA MUERTE Y DESPUÉS DE ELLA, SÓLO LA PRÁCTICA DEL DHARMA NOS PUEDE AYUDAR En el momento de la muerte mis posesiones y riquezas no me servirán de nada Meditemos:
Hay un proverbio tibetano que dice que, ante la muerte, el rey que está acostumbrado a sentarse en un trono de oro y el vagabundo que va mendigando de un pueblo a otro, son iguales. En el Sutra titulado Árbol glorioso, Buda dice:
Shantideva dice en la Guía de las obras del Bodhisatva:
En el momento de la muerte mis familiares y amigos no podrán ayudarme Shantideva señala en la Guía de las obras del Bodhisatva:
Vinimos a este mundo solos y partiremos solos también. Nadie puede liberarnos de los sufrimientos de la vejez ni de las enfermedades ni compartirlos de verdad con nosotros. En el momento que más lo necesitamos, al morir, nuestros familiares y amigos no pueden ayudarnos. Aunque nos agarrasen de los brazos, de las piernas y de la cabeza, no podrían impedir que la muerte nos llevase consigo. El Primer Panchen Lama dijo:
En esta vida, si nos separamos de nuestros familiares y amigos durante un tiempo, siempre tenemos la oportunidad de volverlos a ver más tarde; pero cuando sobreviene la muerte, esta separación es definitiva, y aunque nos encontremos con ellos en vidas futuras, no nos reconoceremos. En el momento de la muerte mi cuerpo tampoco me será de ninguna utilidad Desde que nacimos hemos estimado y cuidado nuestro cuerpo como si fuera la más preciada de nuestras posesiones; lo protegemos del frío, lo vestimos, lo lavamos con cuidado, lo untamos con cremas cuando su piel está reseca, y lo defendemos con todas nuestras fuerzas cuando alguien intenta dañarlo. Tenemos una compasión tan grande por nuestro cuerpo que no soportamos que sufra el menor dolor. Si se debilita y enferma nos deprimimos con facilidad. Si alguien lo critica, nos indignamos; mientras que si las mismas críticas las hacen refiriéndose al cuerpo de otra persona, no nos importa, y hasta nos hacen gracia. Aun con todo, este cuerpo que tanto estimamos es traicionero. Nos abandona sobre todo cuando más desesperadamente lo necesitamos: en el momento de la muerte. El Primer Panchen Lama dijo:
Meditando con estos tres razonamientos llegaremos a reconocer que al morir, nuestros bienes y riquezas, familiares y amigos, y ni siquiera nuestro propio cuerpo, nos serán de ninguna utilidad. Lo único que nos podrá ayudar será nuestra sincera práctica del Dharma. Así pues, decidiremos: “Voy a practicar el Dharma con sinceridad”, con una intención pura sin mezclarlo con las ocho preocupaciones mundanas. Cuando esta resolución surja con claridad e intensidad en nuestra mente, debemos concentrarnos en ella en meditación de emplazamiento para familiarizarnos y no olvidarla nunca. Cuando, como resultado de haber practicado los nueve ciclos de la meditación sobre la muerte, generaremos con firmeza y claridad las tres resoluciones mencionadas, habremos alcanzado una realización de la meditación de la muerte. Esta experiencia es muy importante. Si intentamos realizar prácticas avanzadas sin ella, las ocho preocupaciones mundanas aflorarán de forma natural y nuestro adiestramiento espiritual estará contaminado, como un alimento delicioso que contiene veneno. Si por cualquier motivo no somos capaces de hacer estas meditaciones, por lo menos deberíamos intentar recordar la muerte varias veces al día. Este recuerdo nos alentará a practicar con pureza, y a reducir la insatisfacción y los problemas que derivan del hecho de estar interesados solamente por el bienestar de esta vida de tan breve duración. Para eliminar por completo las perturbaciones mentales tenemos que realizar la vacuidad. Hasta que consigamos hacerlo, esta meditación sobre la muerte es muy eficaz para eliminarlas temporalmente. LA MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE IMAGINANDO QUE NOS HA LLEGADO LA HORA DE MORIR ¿Qué es la muerte? Algunos responden diciendo que es como el apagarse de la llama de una vela, pero esto no es correcto. Cuando la llama de una vela se apaga, su continuo cesa y desaparece por completo, pero cuando nosotros nos morimos no desaparecemos. Nuestra muerte es más bien como cuando un pájaro cambia de nido. Nuestro cuerpo es como el nido y nuestra mente como el pájaro. Cuando la consciencia deja el cuerpo seguimos padeciendo miedos y alucinaciones, seguimos sufriendo y necesitamos protección. Si practicamos el Dharma, desarrollaremos buenos hábitos mentales que llevaremos con nosotros a nuestra próxima existencia. Dado que el continuo de nuestra mente lleva consigo hábitos mentales que hemos formado, nuestra práctica del Dharma y las acciones virtuosas que hayamos realizado en este vida nos beneficiarán en esta misma vida y en las venideras. Con el objeto de prepararnos para la muerte, tenemos que meditar imaginando que nos ha llegado la hora de morir. Esta meditación, llamada también “meditación sobre los aspectos de la muerte”, ha sido recomendada por muchos Maestros, como Yhe Tsongkhapa. En ella contemplaremos los siguientes cuatro aspectos de la muerte:
Comenzamos contemplando un cadáver o su fotografía y pensamos: “Pronto voy a acabar como él.” Entonces imaginamos que de verdad nos estamos muriendo y meditamos del siguiente modo:
Morir es como irse a dormir. Cuando fallecemos entramos en el estado intermedio (tib.: bardo), que es un estado parecido al del sueño. En el bardo es muy posible que tengamos alucinaciones que nos aterrorizarán y harán sufrir. Podemos sentir como si montañas gigantes se derrumbaran encima de nosotros, como si nos hundiésemos en arenas movedizas, como si nos abrasáramos en un fuego ardiente, como si estuviésemos desolados en medio de una tormenta, arrastrados de un lado a otro por el viento, y como si nos ahogásemos en un río de aguas estrepitosas. Si vamos a renacer en uno de los reinos inferiores, percibiremos además terribles visiones de seres malignos y monstruosos que nos empujarán hacia abajo. Cuando despertemos del bardo, percibiremos nuestro nuevo mundo, así como al despertar del sueño empezamos un nuevo día. Si imaginamos repetidas veces que estamos experimentando de verdad el proceso de la muerte, el estado intermedio y el renacimiento, nuestra mente se irá transformando de manera constructiva. Si nos es difícil hacer uso de la imaginación de esta forma, podemos visitar cementerios y al contemplar las lápidas recordar que debajo de cada una yace un cadáver. Podemos escoger una lápida como nuestro objeto de meditación. Si la inscripción dice: “Aquí yace Juan. Murió el 21 de Mayo de 1987”, meditamos de la siguiente forma:
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