Paciencia Hoy quisiera compartir con ustedes algo especial. Les voy a comentar un capítulo del Dalai Lama dedicado a una de las seis grandes virtudes que existen en el camino espiritual: la paciencia. Antes de empezar quiero aclararles que Shantideva fue un gran santo de la India del siglo IX, quien escribió uno de los más hermosos poemas de la literatura budista, El camino del bodhisattva. Los versos en itálicas son de Shantideva, el resto es del Dalai Lama.
La ira obstaculiza el desarrollo de una mente pura. No hay fuerza más destructora: un solo instante de ira puede destruir las acciones positivas y los méritos acumulados por la práctica de la generosidad. Al contrario, la paciencia es una virtud, una disciplina que se cultiva, la cual neutraliza e impide sucumbir a la ira. Reflexionando sobre sus ventajas nos motivaremos para cultivar la paciencia. Es difícil tener pensamientos positivos si estamos bajo el influjo de las emociones y nos confunden las circunstancias adversas. En estas condiciones los pensamientos negativos surgen por sí solos. Si pensamos en alguien que nos ha hecho o puede hacernos daño por algo que no nos gusta o por privarnos de algo que queremos, la mente, que hasta entonces estaba en paz, de pronto se agita ligeramente. Este estado mental alimenta pensamientos negativos "Que persona más detestable!", nos decimos; y el disgusto se alimenta y crece. Debemos hacer un esfuerzo por permanecer relajados y conservar la mente serena sin alimentar la agitación, la cual alimenta la ira. Mantengamos un estado de mente pacífico y evitemos irritarnos.
Sobre todo nos irrita no ver satisfechos nuestros deseos. Pero el disgustarse no contribuye en nada a su realización, de modo que ni logramos lo que deseamos ni recuperamos la jovialidad. Si tenemos los medios para remediar nuestras penas, ¿por que entristecernos? Y si no, ¿por qué deprimirnos? Con ello sólo conseguimos aumentar la desdicha sin ningún beneficio. En general, la felicidad sólo se obtiene con voluntad y esfuerzos sostenidos, mientras que el sufrimiento viene naturalmente, y es sabio utilizar las circunstancias adversas para progresar espiritualmente. Siendo pacientes, lo que normalmente consideraríamos doloroso ya no lo será tanto. Todo depende de la actitud. La paciencia es la mejor forma de frenar el resentimiento, la voluntad de perjudicar y la ira. Nuestro enemigo no es el ser que tenemos delante, nuestro combate es contra la ira, que es nuestro peor enemigo. Muchas personas piensan que la paciencia es un signo de debilidad. Están en un error. Es la ira la que es signo de debilidad, mientras que la paciencia emana de una gran fuerza interior. Por ejemplo, si en el curso de una discusión nuestros argumentos tienen un fundamento, aportamos la prueba de ello con calma y seguridad, a veces incluso riendo. Las personas que tienen confianza en lo que hacen, raramente se enfadan.
Consideremos que todo, amistoso u hostil, se asemeja a una manifestación ilusoria, y evitemos a toda costa reaccionar con apego o ira.
Si pudiéramos optar entre la felicidad y el sufrimiento, nadie elegiría el sufrimiento y éste habría desaparecido de la tierra. Pero como todo es interdependiente y fruto inevitable de ciertas causas, existen ambos, felicidad y sufrimiento. La gente sufre contra su voluntad. Y además de no escapar del sufrimiento, nos precipitamos a su encuentro.
Esclavos de sus emociones negativas, algunos perjudican a los que les rodean y se destruyen a sí mismos. ¿Por qué montar en cólera? Más bien merecen nuestra compasión. Examinemos el punto siguiente: "Los que nos perjudican, ¿son malos por naturaleza o juguete de condiciones pasajeras?" Si perjudican llevados por su naturaleza, no pueden evitarlo. Si actúan bajo la influencia de condiciones pasajeras, son sus víctimas temporales. En ambos casos, no tenemos razón alguna para irritarnos.
El bastón, el arma, es la causa inmediata de nuestro dolor, pero la ira de nuestro agresor es la causa primera. Si respondemos podemos escoger volvernos contra lo uno o lo otro: el bastón, o la ira que mueve el bastón. Aparte de estos dos, sólo hay una pobre víctima contra la que no tenemos motivo alguno que justifique nuestro arrebato. Los enemigos nos ofrecen una excelente ocasión para practicar la paciencia. Pero haciendo esto acumulan mal karma, con lo que les devolvemos mal por bien. Sean cuales sean sus intenciones, nuestros agresores nos ayudan. No tenemos la menor razón para guardarles rencor. No debemos excusarnos diciendo que nuestros enemigos nos impiden practicar la calma, y que esa es la causa de nuestra irritación. Si no somos pacientes no estamos practicando con sinceridad. No diríamos que el mendigo es un obstáculo para la generosidad, sino su misma razón de ser. Además por otra parte, aquellos que nos irritan y ponen a prueba nuestra paciencia son relativamente pocos, especialmente si evitamos dañar a los demás. Tenemos necesidad de los que nos ofenden para ejercitar la paciencia. Un verdadero enemigo es tan raro que deberíamos alegrarnos al verlo y apreciar los beneficios que nos brinda. Debe ser el primero por quien ofrezcamos los méritos que él mismo nos permite adquirir y será digno de respeto por el solo hecho de permitirnos practicar la paciencia. La mente no es material y nadie puede dañarla. Injurias, insultos, calumnias, no hiere al cuerpo. Si reflexionamos, nada vemos que no podamos soportar. ¿Por qué entonces montar en cólera? Qué importa la calumnia, aun cuando destruya nuestra reputación y nos prive de la consideración de los demás! El buen nombre y los favores que gozamos se limitan a esta vida y nada aportan a vidas futuras. Por el contrario, cualquier reacción violenta contra nuestros agresores son acciones negativas que acumularemos y que nos causarán problemas en el futuro. Si un condenado a muerte pudiera salvar su vida a cambio de perder sus manos, se sentiría aliviado. De manera similar, si al precio de un pequeño sufrimiento podemos aliviar otros mayores, no debemos dudar un solo instante. No es fácil ser paciente; se requiere una considerable concentración. Pero todos los esfuerzos para contener la ira ante los insultos ajenos y meditar en la paciencia, darán frutos duraderos y sublimes.
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